La biomasa incluye la madera, plantas de
crecimiento rápido, algas cultivadas, restos de animales, etc. Es
una fuente de energía procedente, en último lugar, del sol,
y es renovable siempre que se use adecuadamente.
La biomasa puede ser usada directamente como combustible.
Alrededor de la mitad de la población mundial sigue dependiendo
de la biomasa como fuente principal de energía. El problema es que
en muchos lugares se está quemando la madera y destruyendo los bosques
a un ritmo mayor que el que se reponen, por lo que se están causando
graves daños ambientales: deforestación, pérdida de
biodiversidad, desertificación, degradación de las fuentes
de agua, etc.
También se puede usar la biomasa para prepara combustibles
líquidos, como el metanol
o el etanol,
que luego se usan en los motores. El principal problema de este proceso
es que su rendimiento es bajo: de un 30 a un 40% de la energía contenida
en el material de origen se pierde en la preparación del alcohol.
Otra posibilidad es usar la biomasa para obtener biogás.
Esto se hace en depósitos en los que se van acumulando restos orgánicos,
residuos de cosechas y otros materiales que pueden descomponerse, en un
depósito al que se llama digestor. En ese depósito
estos restos fermentan por la acción de los microorganismos y la
mezcla de gases producidos se pueden almacenar o transportar para ser usados
como combustible.
El uso de biomasa como combustible presenta la ventaja
de que los gases producidos en la combustión tienen mucho menor
proporción de compuestos de azufre, causantes de la lluvia ácida,
que los procedentes de la combustión del carbono. Al ser quemados
añaden CO2
al ambiente, pero este efecto se puede contrarrestar con la siembre
de nuevos bosques o plantas que retiran este gas de la atmósfera.
En la actualidad se están haciendo numerosos experimentos
con distintos tipos de plantas para aprovechar de la mejor forma posible
esta prometedora fuente de energía.
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